El Verón eje y que hacía jugar a Messi duró 25 minutos, los mejores. Después, la Brujita se dedicó a barrer, sacrificio que le ganó ser el único ovacionado al final.
Se subió a la escoba para volar en los primeros 25 minutos del clásico, los mejores de la Selección. Después la usó para barrer, desplegando un sacrificio conmovedor para un hombre de 34 años. Sudor que fue premiado por la gente, que le regaló la única ovación del final. Juan Sebastián Verón, el jugador por el que Maradona le pidió a Dios que pudiera estar en el clásico, fue el conductor esperado y deseado en ese arranque. Generoso en dinámica, quirúrgico en los pases e inteligente para ocupar los espacios sin pelota. Socio ideal para Messi, lo más parecido a un Xavi o Iniesta, los cracks españoles que abastecen a La Pulga en el Barcelona. Se la daba redonda, entendía y sabía cómo entregársela a su compañero para que tuviera ventaja al recibir. En ese compacto quedó resumido todo su sello: un pelotazo de 40 metros para Dátolo, una falta (después de todo se movió como segundo volante central), una doble pared con Tevez, un remate desde media distancia y una barrida deslizante para cortar una contra peligrosa y mandarla al lateral. Lo único que le faltó para completar el combo fue ese tiro libre en buena posición (sobre la izquierda) que Messi estrelló contra la barrera.
La segunda versión de la Brujita fue casi exclusivamente batalladora, menos lujosa y panorámica, con pases cortos en vez de buscar profundidad. Estilo que se agravó con la salida de Maxi Rodríguez. Ahí, por derecha (aunque con tendencia a tirarse al medio), tenía que controlar a André Santos y Felipe Melo. Mantuvo su precisión y su inteligencia para aparecer por sorpresa, pero ya se había corrido del eje.

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