La noche venía cruzada para el Pincha. Perdía y jugaba con 10, pero lo dio vuelta con garra y el enorme talento de Verón.
El alma de Osvaldo Zubeldía sobrevoló por Montevideo. Bajó sigiloso en Plaza Cagancha, mezclado entre el aguacero, enfiló por la 18 de Julio y embadurnó el Parque Batlle y Ordóñez de mística Pincha. Llegó a ese estadio en el que su equipo había ganado los primeros tres partidos que jugó allí a finales de los 60 y había empatado el cuarto: sobre el césped del "inexpugnable" Centenario, aquel Estudiantes, el de Don Osvaldo, el de la Bruja Padre, había dado tres vueltas olímpicas. Esa cancha no podía darles la espalda...
Pero la mano comenzó atravesada. El Pincha cruzó el Charco con urgencia de buen resultado, pero una chambonada múltiple le estropeó
Ni encomendando a todos los santos de La Plata, la noche del Pincha podía enderezarse... Salvo que otra Bruja se "montara sobre la escoba" y se pusiera el equipo al hombro...
El hechizo. Sí, la Bruja hijo, al que le costó hacer pie al principio, que apretó los dientes y hasta puso los tapones para marcar terreno. El habitual conductor que, además, esta vez debía contagiar el coraje de las paradas bravas. Esa Bruja que se apoyó en un ladero de oro: Braña. Mientras los de atrás, menguados, hacían el aguante a las apuradas y prendían velas para que se le acabara el aire al veterano Morales (movía los hilos yoruguas, con los ligeritos Mena y Bardaro). Y los de adelante patinaban (Piatti) o le erraban goles (Lazzaro). Livianito también, Lugüercio, al menos dejaba el alma...
Pero Conde se atajaba todo y el árbitro chileno se devoraba dos penales para Estudiantes. La pasión disimulaba la impotencia. La garra le hacía un agujero a la bronca. El talento inmenso de ese pelado con chivita, paraba la lluvia, limpiaba la cancha y absorbía toda la magia que le cedían sus antecesores... El tipo se hartó, pegó un grito, miró hacia arriba, los vio...
Y todo cambió absolutamente. El juez permisivo cobró un "penalito" que nadie hubiera protestado, para que Verón clavara el empate. La misma Bruja fue a buscar la pelota para sacar del medio y les dio un mensaje claro a sus compañeros: vamos a ganarlo. Vamos a ganarlo le dijo a Enzo Pérez. Se lo dijo poniéndole un pase mágico, estupendo, con el sello de los enormes. El mendocino continuó la obra de arte. Gambeta corta y remate cruzado. A cobrar. A abrazarse, a llorar. A saludar a los duendes que sobrevolaban el Centenario...

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¡Aguante el Pincha!


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